Rafael Chirbes, La larga marcha
Un rincón de la Casa de las Palabras
Un rincón de la Casa de las Palabras
13 may 2011
(Historia infantil)
A Raúl fueron a buscarlo a la escuela de párvulos. Se lo contaría después en el internado a José Luis del Moral y también, algunos años más tarde, a su novia. Apareció una tía suya muy nerviosa mientras ellos estaban con el libro del patito rojo así lo llamaban al libro de segundo año, por oposición al de primero, que tenía la tapa de color verde abierto encima del pupitre y leían palabras largas y difíciles, como caracol, mosquito, bártulo o tranvía, el significado de las cuales muchas veces se les escapaba. Entró su tía en clase, interrumpiendo la lectura, se acercó a la mesa de doña Amelia, que estaba encima de la tarima, cuchichearon un rato, lo miraron de reojo mientras tanto tres o cuatro veces, y, por fin, dijeron: "Raúl, sí, tú, Raúl, ven, que te están esperando", y él recogió sus libros y los puso en la cartera y también puso dentro el plumier de madera que le habían regalado para reyes y que tenía arriba una cortinilla de láminas que se encogían para abrirse y se separaban para cerrarse. Mientras cerraba el plumier (baúl lo llamaban en su pueblo, o sea, casi lo llamaban como a él), una de las veces que levantó la vista, se dio cuenta, y eso que estaba lejos, a siete u ocho filas de la tarima, de que su tía estaba llorando, y a él se le ocurrió pensar qué habría hecho de malo para que en casa tuvieran ese disgusto y para que fueran nada menos que a la escuela a sacarlo de clase. Repasó mentalmente todo lo malo que había llevado a cabo durante las últimas horas y no encontró nada que pudiera provocar tanto malestar, aunque, parándose a pensarlo más despacio y eso ya fue mientras recorría el espacio que había entre su pupitre y la tarima de doña Amelia , se le ocurrió que seguramente fuera porque la tarde anterior se le había deshilachado la codera del jersey, dejando un agujero en la manga. Mientras se mantenía de pie ante su tía y la maestra, esperaba que sacasen a relucir el agujero en la manga del jersey, por eso se extrañó cuando la maestra le pasó la mano por la cara, y le dijo muy amable y en voz baja: "Hala, Raúl, vete con tu tía, y sé muy bueno con tu madre, porque ya eres un hombrecito".
7 may 2011
El perseguidor
Julio Cortázar, "El perseguidor"
28 abr 2011
El niño al que se le murió el amigo
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
Ana María Matute, Los niños tontos; Ed. Destino, 1962
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
24 abr 2011
La razón y otras dudas
“Hoy, los centros educativos se dedican a la fabricación de esclavos cada vez más perfectos, más diestros y provechosos en su función. Y las empresas de noticias, que usan todas las técnicas del envilecimiento y están orientadas contra la inteligencia, trabajan sobre todo para la insensibilidad de esos esclavos. Los hombres actuales, alienados no ya por el trabajo sino por la distracción, carecen de más de un tercio de sus jornadas para sí mismos, que es, según uno de nuestros fundadores, la condición mínima para considerarse libre. Aunque esto no es lo peor. Peor todavía es que, en caso de que dispusieran de más horas para sí mismos, no harían con ellas nada peligroso para sus amos. Al contrario, se dedicarían a adorar a sus amos.”
“Denominar ciencia social a la economía, a la sociología, a la política, a la historia, etcétera, es otra de las grandes majaderías del momento. Y ya veremos algún día como detrás de las majaderías generales hay siempre intereses particulares.
La ciencia ha sido, como lo fue la teología en la Edad Media , el ideal metodológico del siglo XX. Y nuestra confianza ciega en ella nos ha llevado a aplicar métodos científicos a disciplinas en donde no tenía maldita cosa que hacer.
Quienes han querido fabricar una ciencia del lenguaje, de la historia, de la economía, etcétera, se han visto obligados a vaciarlas de significado, a prescindir precisamente de lo esencial de ellas: del hombre, que con sus caprichos y divagaciones, con sus pasiones y motivaciones, las crea y se proyecta en ellas.
En lo cotidiano, esto ha tenido su reflejo en sillas que apenas sirven para sentarse, en ridículos aparatos dificultosos, en cosas y edificios inhabitables.
No, no existen ciencias sociales, por mucho que se empeñen la universidad y sus charlatanes diplomados. Los estudios que colocamos bajo ese rótulo pretencioso tratan de asuntos donde lo incalculable y lo impredecible campan a sus anchas. Lo propio de la ciencia consiste en descubrir, enunciar e ir perfilando leyes precisas y comprobables en cualquier caso. Sin embargo, las llamadas ciencias sociales se basan únicamente en ciertas regularidades... estadísticas... más o menos sazonadas y aliñadas, para darnos gato por liebre. Y aunque imaginamos que un buen chef de cocina puede llegar a ser capaz de acercar el sabor y textura de un minino al de una hermosa liebre de campo, no es lo mismo, señores, no es lo mismo.”
José Mateos, La razón y otras dudas
23 abr 2011
Sabiduría popular
Miguel de Cervantes, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, capítulo XLIII, "De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza"
11 abr 2011
Los gozos y las sombras
Jean Harlow estaba casada y se llevaba mal con su marido. Quería divorciarse. ¡La muy pécora! Era de esas que piensan que lo acabado, acabado, y ahí queda eso, como si no hubiera moral; y, luego, vuelta a empezar. Se puso inmediatamente de parte del marido, y le duró la parcialidad unos minutos: hasta que Jean Harlow entró en un salón de té muy recatado y se sentó junto a un hombre guapo y viril, que la trataba con respeto y amor. Doña Lucía, contra su voluntad, comenzó a explicarse que a Jean Harlow le apeteciese cambiar de hombre. No estaba bien, pero había sus razones... El sujeto era guapo, tenía un mirar romántico, y trataba a Jean Harlow con ternura. Doña Lucía se conmovió. «¡Ternura! ¡Eso lo desconocen los hombres españoles! ¡No piensan más que en la carne, y una agradece el cariño mucho más que el placer!» La pareja salió del salón de té y entró en un automóvil. Era de noche, y las calles de Nueva York rutilaban. Sobrevino un atasco, el coche se detuvo y, ¡zas!, el hombre cogió a Jean Harlow por la cintura y la besó en la boca. ¡Dios mío con qué delicadeza! Jean Harlow estaba desprevenida; doña Lucía, también. El beso le sacudió los nervios hasta la punta de los pies y, de repente, se sintió invadida y arrebatada, sintió como si el cuerpo de Jean Harlow, todavía abrazada, todavía estremecida, se saliese de la pantalla y envolviese el suyo, lo asumiese y lo llevase consigo, incorporado al beso, al abrazo y a la ternura del galán. A partir de este momento, doña Lucía vivió dentro del cuerpo de Jean Harlow y, poco a poco, fue sintiéndolo suyo, gozosamente ensanchada, como si el cuerpo nuevo fuese un molde que hubiese de llenar, hasta que las caderas, los pechos, los brazos y las piernas coincidiesen, hasta que los dos cuerpos, rotas las exclusas misteriosas de su ser, fuesen regados por la misma sangre y los animase la misma salud. Se recogió en sí misma y asistió a su propia transformación, a su propio arrebato. No estaba allí, convoyada por su marido y por el amigo de su marido, sino hecha luz en la pantalla. Sus ojos abiertos sorbían las imágenes que, en su interior, se trasmudaban en vida propia y la hacían reír, llorar, gemir o desvanecerse de dicha. Se olvidó de sí misma.
(Gonzalo Torrente Ballester. Los gozos y las sombras II. Donde da la vuelta el aire)
3 abr 2011
Felices las ciudades que conservan
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: “Dios no existe
y, si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo”.
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
“La culpa del dolor es sólo nuestro".
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: “Dios no existe
y, si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo”.
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
“La culpa del dolor es sólo nuestro".
Julio Martínez Mesanza
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