Desde su banquito de madera, mi amiga seguía tomando fotos de las personas que entraban y salían del cementerio público, de los coloridos nichos, del señor que vendía tiras de mango verde y del señor que vendía naranja agria con sal y pepitoria y del señor que vendía lápidas.
No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía nombre. El aire apestaba a perro mojado.
Poniéndome de pie, machaqué mi cigarro en un cenicero plateado. Entré al local. Me acerqué a la barra y, algo recio, debido al barullo futbolístico que hacía una pequeña televisión, le pedí a un muchacho dos cervezas más. Volví a salir y de inmediato me sorprendió descubrir a mi amiga hablando con un anciano de pelo blanco y piel tan pálida que parecía rosada. Llevaba puesto un traje negro, empolvado, varias tallas muy grande.
Saludé al anciano. Pero él, aún de pie y con los brazos cruzados, me ignoró. Sólo observaba a mi amiga.
Salió el muchacho y nos dejó las botellas sobre la mesa de plástico.
Mi amiga bajó la cámara.
El anciano seguía sacudiendo la cabeza.
Hubo un silencio y yo aproveché ese silencio para beber un sorbo helado de cerveza y encender otro cigarro.
El anciano estaba rascándose el pelo blanco con sus uñas largas y filudas.
Eduardo Halfon
Dou
ResponderEliminaroof
EliminarBonito relato
ResponderEliminarQ pedo
ResponderEliminarQ bonita
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