Un rincón de la Casa de las Palabras

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9 mar 2013

Morirse un poco

Me preguntó qué significaba para mí escribir, y yo tomé un trago de cerveza y luego me metí el cigarro a la boca y aspiré profundo y, soltando todo el humo con mis palabras, le contesté que escribir es morirse un poco.

   Eso, más o menos.

Desde su banquito de madera, mi amiga seguía tomando fotos de las personas que entraban y salían del cementerio público, de los coloridos nichos, del señor que vendía tiras de mango verde y del señor que vendía naranja agria con sal y pepitoria y del señor que vendía lápidas.

   Ya    dijo ella sin ningún interés.

No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía nombre. El aire apestaba a perro mojado.

   ¿Otra cerveza?

   Como quieras    susurró ella detrás de su largo lente.

Poniéndome de pie, machaqué mi cigarro en un cenicero plateado. Entré al local. Me acerqué a la barra y, algo recio, debido al barullo futbolístico que hacía una pequeña televisión, le pedí a un muchacho dos cervezas más. Volví a salir y de inmediato me sorprendió descubrir a mi amiga hablando con un anciano de pelo blanco y piel tan pálida que parecía rosada. Llevaba puesto un traje negro, empolvado, varias tallas muy grande.

   Este señor quiere que le tome una foto    me dijo mi amiga.

Saludé al anciano. Pero él, aún de pie y con los brazos cruzados, me ignoró. Sólo observaba a mi amiga.

   ¿Qué dice, jovencita, me toma usted una foto?

   Con mucho gusto.

   Es que nunca me han tomado una foto, fíjese.

   Claro.

   Y entonces quiero que usted me tome una. Si es tan amable.

Salió el muchacho y nos dejó las botellas sobre la mesa de plástico.

   Pues yo encantada    le dijo mi amiga al anciano, ya enfocándolo a través de su lente   . Y si usted quiere, me anota su dirección en un papelito y al rato le puedo mandar una copia.

   Ay eso no    dijo muy serio.

Mi amiga bajó la cámara.

   ¿Cómo así? ¿No quiere que le mande la foto?

   No, jovencita    musitó, sacudiendo la cabeza.

   ¿Está seguro?

El anciano seguía sacudiendo la cabeza.

   No quiero ni verla    dijo con énfasis.

   Y entonces ¿para qué quiere que le tome una foto?

Hubo un silencio y yo aproveché ese silencio para beber un sorbo helado de cerveza y encender otro cigarro.

   Pues usted, jovencita, hoy sólo me toma una foto y luego la cuelga en alguna pared de su casa.

El anciano estaba rascándose el pelo blanco con sus uñas largas y filudas.

   Así después    dijo desolado, su mirada opaca hacia el cielo   , la gente sabrá que yo existí.

Eduardo Halfon

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