Un rincón de la Casa de las Palabras

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21 nov 2011

Toros en los villorrios


Vais en el tren. Al salir de una determinada estación, zas, se zampa en el departemento un tropel de jovenzuelos y hasta de hombres muchachos. En aquel instante acabaron de burlar la muerte tomando el rápido en marcha, y ahora se disponen a sortear el presidio, pues montaron sin billete. Aquí y allá, como enormes gatos de trapo, se meten debajo de los asientos buscando los bancos que están ocupados. Los viajeros no se molestan, y si son mujeres, menos. ¿Molestarse? De lo que se molestarían y hasta os pondrían “como hoja de perejil” es si los descubrís o denunciáis al revisor. Cuando éste cumple su misión y se va sin “aluspiarlos”, ellos y los cómplices se echan a zapatetas y se dan de enviones riendo del “pobre” funcionario que no “los ha olido”. ¿A dónde van los tales? A la capea de tal pueblo. Y el ir a la capea les justifica y ante todos legaliza el robar a la Compañía, el poner en peligro su vida y el traer bochorno al país a que todos, los sandios y los ocultadores, pertenecen. No para ahí el asunto. Al descender en el pueblo de la capea y caer de los estribos como nubes de langosta, el revisor presencia, cruzado de brazos, en suprema desesperación, que los mismos que le burlaron se despiden de él haciéndole cortes de mangas y diciéndole obscenidades bestiales. Diréis que eso pasa “en tercera”. Entre gentes que viajan en tercera clase, cierto; pero las naciones se componen en su parte mayor de “ gentes que viajan en tercera”... ¿Es todo esto un “mal menor”?

Pedid a estos pueblos en nombre de la salud pública un sobreesfuerzo, agitar en nombre de la libertad o cualquier otro ideal público su sangre, y... “ya va”, como ellos dicen. En esos festejos se caen tablados que ocasionan muchas víctimas, salen toros acostumbrados a estas bregas, “chaqueteados”, a los que es imposible burlar; su prohibición por las autoridades es reída, befada y violada; yo he ayudado a un médico a curar una herida hecha en la mano a cierto maletilla con agujón de sombrero     cierta dama, al poner el chico en su huída del toro la mano en las varas de la escalera del carro, le pincho para que descendiese, como ocurrió, con inmenso peligro  ; un pueblo en los momentos anterior y posterior a la capea es algo peor que un manicomio suelto... Sin duda éstos son “males menores”... Hay que divertirse una vez cosechado el grano. Tragedia y risa. Lo grotesco mordiéndole el talón a lo dramático. El peligro mayor de esas capeas, con ser en ellas todo un pandemónium, es la borrachera. La mayor parte de los que ese día se emborrachan lo hacen “por salir al toro”... Y cuando, borrachos, salen al toro, la gente ¡ríe!... Este guiñol monstruoso, donde los que ríen de “los palos de veras” son tíos de pelo en pecho y mujeres hartas de dar a luz, ¿es un “mal menor”?...

En Benalcázar hubo en cierta capea cuatro muertos    estos datos no son tomados al oído, sino ¡vistos!  ; los guardias civiles (más heróicos de lo que las gentes creen en estas y otras contiendas) hieren al toro; están sonando aún los tiros en aquel ambiente de horror, cuando sale hacia el toro un hombre que lleva en la mano ¡un quinqué!... El toro, en su agonía, parte como un rayo y le mata. El hombre aquel estaba borracho, y el vino de su estómago y la sangre de su cuerpo se vaciaron y mezclaron allí... El horror de aquella tarde... es el horror de todas. De los borrachos de las capeas han salido las charlotadas taurinas.

He visto en Costa Rica unos marrajos, caricatura de la mala sangre colmenareña de los moruchos nuestros, a los que llaman “maizoles”, y que con un furor espantable que resulta humo, luden, corren, muerden, embisten, cornean de rarísimas maneras, y subidos sobre el que cae de risa o torpeza, lo patean como si estuvieran amaestrados. Ante ellos pensaba yo en estas capeas españolas, sobre todo en las indiscutiblemente bárbaras, que son, ¡oh, tristísima paradoja!, las que se celebran en los pueblos cercanos a Madrid. ¿Qué le pasa a Madrid, que sus irradiaciones sobre las cercanías son tales? Pocas leguas, con dos bastan, fuera del radio de la capital, y... os creéis en sitios lejanísimos. La estepa hace al ser cerril cimarrón; las altas mesetas producen esto y lo otro... Bien. Lo necesario es no juzgar las capeas como “mal menor” u “ocasional” mal de ferias, de vino, de restos remotísimos de paganas saturnales en honor de Ceres... y proceder en firme.

Eugenio Noel, España fibra a fibra


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