Hoy falleció Tito.
Leí en los diarios un par de tributos,
unos cuantos reportajes y punto, eso fue todo para este gran
fabulador guatemalteco que ni siquiera fue guatemalteco.
Augusto Monterroso nació en Honduras y
murió en México. Pero en Guatemala, a los dieciséis años, se
enamoró profundamente de la literatura mientras trabajaba, según él
mismo cuenta, en una carnicería. Su jefe, Alfonso Sáenz, entre
córteme un puyazo y rebáneme un lomito, le obsequiaba libros,
obligándolo a leer las obras de Shakespeare, Lord Chesterfield y
Victor Hugo. Con su gabacha cubierta de sangre, este amable señor
fue su Virgilio, sin saberlo, sin querer serlo, embarcando a un joven
medio chaparrito en ese largo viaje que lo llevaría más allá del
centro de la fábula.
Su primera frase literaria es toda una
leyenda. Ocurrió algunos años más tarde, durante un día lluvioso
de septiembre, 1944. Un carnicero aprendiz de veintidós años,
autodidacta, con ciertas ideas revolucionarias, recorría con frenesí
las calles de la capital guatemalteca. Después de haber firmado el
“Manifiesto de los 311” (exigiendo la renuncia del dictador
presidencial Jorge Ubico) y de fundar con algunos amigos el periódico
político El espectador, la
policía local lo andaba persiguiendo por toda la ciudad.
Afortunadamente, ese joven cargaba con él una brocha y un bote de
pintura blanca, y antes de asomarse a las puertas de la embajada
mexicana (en donde recibiría asilo político del mismo embajador),
logró escribir -ya con algunos de los elementos que años después
caracterizarían su estilo narrativo- su primera frase literaria
sobre un muro decrépito de la capital: “No me ubico”.
Tito y el carnicero
jamás se volvieron a ver.
Eduardo Halfon, El ángel literario
No hay comentarios:
Publicar un comentario