Un rincón de la Casa de las Palabras

Un rincón de la Casa de las Palabras





20 oct 2012

Watteau

Crepúsculos
vagos,
minúsculos
lagos,
bateles
galantes,
amantes
rondeles,
heridas
crueles,
queridas
infieles,
pastores
traviesos,
más besos
que amores,
jardines
lozanos,
festines,
lejanos
violines...
Enrique Díez-Canedo

10 oct 2012

Los caminos

A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos y justamente no hacen otra cosa que escribir.

Paco Urondo me ha dicho quiero que escribas algo para el Diario de Mendoza. Y yo le he dicho que bueno, que sí a esa voz precipitada que se dispara desde algún rincón de esta madre Baires y atraviesa una milla de paredes, y antes de colgar la voz me ha dicho un día de estos tomamos un café y charlamos y yo le he dicho que sí, que bueno y le he pedido a mi vieja que me sirva un café y bebo en honor de Paco este solitario café que de otra manera se enfriaría en el pocillo esperando el día porque aquí no hay tiempo realmente para las ceremonias del ocio y todo se reduce a voces y urgencias y paredes y señales. Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a 600 kilómetros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, sólo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte del Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy, y mira el mar después de cabalgar un día sobre el lomo de su chalana, porque es el tiempo de la zafra del tiburón, ese oscuro pez del invierno hecho a su imagen y semejanza, y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan sólo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, 600 kilómetros más abajo en el mismo atardecer. Y entonces yo me pregunto a mi vez qué es lo que hago realmente, o para decirlo de otra manera por qué escribo, que es lo que se pregunta todo el mundo cuando se le cruza por delante uno de nosotros, y entonces uno pone cara de atormentado y dice que está la Gran Cosa, la misión y toda esa lata, pero yo sé que a mi amigo Lirio Rocha no puedo decirle nada de eso porque él sí que está en la Gran Cosa, esto es, en la vida y que yo hago lo que hago, si efectivamente es hacer algo, como una forma de contarme todas las vidas que no pude vivir, la de Lirio por ejemplo, que esta madrugada volverá al mar, de manera que se duerme y me olvida.

Y yo dejo de golpear esta máquina. Y ahora, que es noche cerrada y las voces y las paredes se han muerto hasta mañana y la Gran Noche de Baires se parece al mar, pongo un disco de Jobim para no morirme del todo y pienso en mi otro amigo, porque es el momento de los amigos y las ausencias, mi amigo Alfonso Domínguez, capitán, que vive también frente al mar, algunas millas más abajo sobre el lomo salado del Cabo de Santa María y que toca la flauta como Herbie Mann y talla mascarones como el Aleijadinho y que aparte de eso calcula la derrota de cada barco que pasa en el horizonte y bebe una copa de vino a cada cambio de viento, siempre que no tarde demasiado, y entonces vuelo a golpear otra tecla y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio, y que es igualmente urgente y necesario que mi amigo Antonio Di Benedetto y Mercedes del Carmen Thierry, que tiene los ojos más sabios del mundo, y don Florencio Giacobone que vive en Rivadavia y prepara las mejores conservas de este lado de la tierra y que todos los inviernos baja al Delta a faenar un par de cerdos en el almacén del Nene Bruzzone, que nació en las islas y tripuló aquel doble par de leyendas con el flaco Bataglia cuando todos los remeros eran campeones, y el resto generoso de los muchos y buenos amigos de Mendoza tengan noticias de estos otros amigos que viven frente al mar, y es así que por fin entiendo cuál es la Gran Cosa, porque yo los junto a todos ellos, salto sobre las distancias y el tiempo y los junto a todos ellos en esta mesa del recuerdo que tiendo y sirvo para mis amigos.

Haroldo Conti

11 sept 2012

Arte poética

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,

como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
Juan Gelman

3 sept 2012

Costumbres

Pensá en esos que matan el tiempo
acodados a las barras de los bares
con sus vasos de vino, imperturbables.

Pensá en los esquimales
y sus muchas palabras para nombrar al hielo
que es bueno, que es malo;
que sirve y no sirve para construir.

Pensá en los que se sacan fotos
con el agua hasta las rodillas,
alzando entre sus brazos
un pescado plateado e inmenso.

Pensá en ese chico
esperando en la penumbra
que la madre venga a ponerle
el almidonado guardapolvo.
Fabián Casas

13 ago 2012

Para que tú las oigas

De las fuentes del sueño
brotaron mis palabras,
del manantial del tiempo.

Compártelas conmigo;
detente aquí un momento.
Para que tú las oigas,
sobre el papel las dejo.

Son míos y son tuyos
su esperanza y su miedo,
la soledad que tienen,
la luz que llevan dentro.

Oye su leve música,
escucha sus silencios,
y vuelve a tus asuntos
y a tu camino luego.

Mis palabras brotaron
de las fuentes del tiempo,
del manantial del sueño.
Eloy Sánchez Rosillo

30 jul 2012

Teoría de Dulcinea

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta.

Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de patrañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos, a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca.

Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.
Juan José Arreola

11 jul 2012

Taza

Una lluvia torrencial, impetuosa. Cortina de agua entre los ojos y el sol. Obscuridad; en la obscuridad, brillo del agua que cae. Demasiado denso el turbión para ser agua; no es granizo; no son copos de nieve; ni pedacitos de hielo. Resplandor súbito; el suelo cubierto de una espesa capa de tiestos; tiestos de brillante loza. Millones de fragmentos de tazas; las tazas rotas de una casa en cien años; las de un pueblo; las de una nación; las del mundo entero. Montaña, cordillera de fragmentos de blancas, rojas, azules, amarillas, verdes tazas. En el ingente monton, una taza de color amarillo; una taza íntegra sin desportillamiento, sin grietas. Una taza amarilla que fulge al sol; un rayo de sol que resbala por la redondez de la tacita amarilla. Sola, esta taza, sobre el sedimento de los tiestos de millones de tazas.

Vasar; armario; alacena, fila de vasos de cristal; jarros, jícaras; tazas colocadas simétricamente. Entre las tazas, de todos los colores, la taza amarilla; como escondida, recatada, sin que quiera que la veamos. En la casa pobre, la taza que ha descendido a lo largo de las generaciones, de padres a hijos; sin romperse; sin desportillarse; sirviendo en su concavidad el caldo, la manzanilla, la tila, la malva, el cantueso. Llevada y traída por todo el ámbito de la casa; hacia el cuarto del enfermo; del cuarto del enfermo al barreño para ser fregada; puesta después en el vasar. Cincuenta años, sesenta, tal vez cien. Aquí en su leja sencilla y modesta; si la miramos, pensando en sus méritos, aunque no pronunciemos el elogio, su color amarillo se torna vivo carmín; el carmín de las mejillas de una virgen pudorosa. Si, emocionados, con las manos titubeantes, intentamos cogerla, el carmín se torna palidez de muerte. No querer morir; querer seguir descendiendo de mano en mano por la pendiente de las generaciones; querer seguir estando en las manos temblorosas de estas pobres gentes que la llevan por la casa hasta el cuarto del enfermo; en el cuarto del enfermo, ser aproximada poco a poco a los labios; ser tocada, besada, por los labios; escuchar el hondo suspiro de sosiego, de esperanza, que de los labios se exhala después de haber absorbido el líquido que llevaba en su concavidad. No pretender nada; no ser bonita; ser de loza tosca y sencillamente pintada; pero tener la satisfacción de haber aliviado muchos, incontables dolores. Y aquí, ahora, en el vasar, en la alacena, entre los vasos, entre las jícaras; dominada por un jarro altivo, arrogante. Un jarro que la mira a ella por encima del hombro; por encima de su ancha boca. Repentinamente, en el rayo de sol que entra por la ventana, entran también unos cartones que van a colocarse debajo de cada taza. Los rótulos dicen:  Cien metros; trescientos metros; quinientos metros... Las demás tazas han caminado poco por la casa; el rótulo que ha venido a colocarse debajo de la taza amarilla dice: seis kilómetros. Un caminar enorme; seis kilómetros en cien años; seis kilómetros en la casita reducida, pobre; seis kilómetros en tan breve trecho como hay del vasar a cuartos donde están las camas; seis kilómetros de ir y venir llevada por las manos piadosas de estas gentes sencillas; seis kilómetros, en tanto que en su seno se removía, con un ruidito sonoro    ese ruidito que conocen los enfermos    , la cucharilla que agita el líquido. Aquí, ahora, descansando, en el vasar. Todo obscuro. De pronto, el rayo de sol que se concentra en la tacita amarillenta y la hace brillar con un resplandor maravilloso; el resplandor divino que tiene la caridad.

Azorín, Pueblo