Un rincón de la Casa de las Palabras

Un rincón de la Casa de las Palabras





3 sept 2012

Costumbres

Pensá en esos que matan el tiempo
acodados a las barras de los bares
con sus vasos de vino, imperturbables.

Pensá en los esquimales
y sus muchas palabras para nombrar al hielo
que es bueno, que es malo;
que sirve y no sirve para construir.

Pensá en los que se sacan fotos
con el agua hasta las rodillas,
alzando entre sus brazos
un pescado plateado e inmenso.

Pensá en ese chico
esperando en la penumbra
que la madre venga a ponerle
el almidonado guardapolvo.
Fabián Casas

13 ago 2012

Para que tú las oigas

De las fuentes del sueño
brotaron mis palabras,
del manantial del tiempo.

Compártelas conmigo;
detente aquí un momento.
Para que tú las oigas,
sobre el papel las dejo.

Son míos y son tuyos
su esperanza y su miedo,
la soledad que tienen,
la luz que llevan dentro.

Oye su leve música,
escucha sus silencios,
y vuelve a tus asuntos
y a tu camino luego.

Mis palabras brotaron
de las fuentes del tiempo,
del manantial del sueño.
Eloy Sánchez Rosillo

30 jul 2012

Teoría de Dulcinea

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta.

Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de patrañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos, a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca.

Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.
Juan José Arreola

11 jul 2012

Taza

Una lluvia torrencial, impetuosa. Cortina de agua entre los ojos y el sol. Obscuridad; en la obscuridad, brillo del agua que cae. Demasiado denso el turbión para ser agua; no es granizo; no son copos de nieve; ni pedacitos de hielo. Resplandor súbito; el suelo cubierto de una espesa capa de tiestos; tiestos de brillante loza. Millones de fragmentos de tazas; las tazas rotas de una casa en cien años; las de un pueblo; las de una nación; las del mundo entero. Montaña, cordillera de fragmentos de blancas, rojas, azules, amarillas, verdes tazas. En el ingente monton, una taza de color amarillo; una taza íntegra sin desportillamiento, sin grietas. Una taza amarilla que fulge al sol; un rayo de sol que resbala por la redondez de la tacita amarilla. Sola, esta taza, sobre el sedimento de los tiestos de millones de tazas.

Vasar; armario; alacena, fila de vasos de cristal; jarros, jícaras; tazas colocadas simétricamente. Entre las tazas, de todos los colores, la taza amarilla; como escondida, recatada, sin que quiera que la veamos. En la casa pobre, la taza que ha descendido a lo largo de las generaciones, de padres a hijos; sin romperse; sin desportillarse; sirviendo en su concavidad el caldo, la manzanilla, la tila, la malva, el cantueso. Llevada y traída por todo el ámbito de la casa; hacia el cuarto del enfermo; del cuarto del enfermo al barreño para ser fregada; puesta después en el vasar. Cincuenta años, sesenta, tal vez cien. Aquí en su leja sencilla y modesta; si la miramos, pensando en sus méritos, aunque no pronunciemos el elogio, su color amarillo se torna vivo carmín; el carmín de las mejillas de una virgen pudorosa. Si, emocionados, con las manos titubeantes, intentamos cogerla, el carmín se torna palidez de muerte. No querer morir; querer seguir descendiendo de mano en mano por la pendiente de las generaciones; querer seguir estando en las manos temblorosas de estas pobres gentes que la llevan por la casa hasta el cuarto del enfermo; en el cuarto del enfermo, ser aproximada poco a poco a los labios; ser tocada, besada, por los labios; escuchar el hondo suspiro de sosiego, de esperanza, que de los labios se exhala después de haber absorbido el líquido que llevaba en su concavidad. No pretender nada; no ser bonita; ser de loza tosca y sencillamente pintada; pero tener la satisfacción de haber aliviado muchos, incontables dolores. Y aquí, ahora, en el vasar, en la alacena, entre los vasos, entre las jícaras; dominada por un jarro altivo, arrogante. Un jarro que la mira a ella por encima del hombro; por encima de su ancha boca. Repentinamente, en el rayo de sol que entra por la ventana, entran también unos cartones que van a colocarse debajo de cada taza. Los rótulos dicen:  Cien metros; trescientos metros; quinientos metros... Las demás tazas han caminado poco por la casa; el rótulo que ha venido a colocarse debajo de la taza amarilla dice: seis kilómetros. Un caminar enorme; seis kilómetros en cien años; seis kilómetros en la casita reducida, pobre; seis kilómetros en tan breve trecho como hay del vasar a cuartos donde están las camas; seis kilómetros de ir y venir llevada por las manos piadosas de estas gentes sencillas; seis kilómetros, en tanto que en su seno se removía, con un ruidito sonoro    ese ruidito que conocen los enfermos    , la cucharilla que agita el líquido. Aquí, ahora, descansando, en el vasar. Todo obscuro. De pronto, el rayo de sol que se concentra en la tacita amarillenta y la hace brillar con un resplandor maravilloso; el resplandor divino que tiene la caridad.

Azorín, Pueblo

14 jun 2012

Consejo obrero

En cambio, sobre Daniel hubo un arduo debate. En el fondo, ninguno de los delegados le quería. Le odiaban tanto o más que al traidor Bartolo. En último caso siempre era más peligroso aquel tipo fuerte y entero que cualquier pobre diablo de los que estaban cayendo a diario. Un hombre como Daniel era el peor enemigo de la revolución y de la dictadura del proletariado. Había que acabar con él. Les detenía el escrúpulo de que no se le había podido encontrar por ninguna parte rastro alguno de actividad contrarrevolucionaria. Ni había sido fascista, ni había pertenecido jamás a ningún sindicato amarillo. Se había limitado a desconocer y desacatar las organizaciones proletarias de la lucha de clases, a no secundar las huelgas y a procurarse mejoras económicas trabajando a destajo o en horas extraordinarias, contrariando los acuerdos e intereses sindicales. Daniel había sido siempre el enemigo de la organización. Su rebeldía contra la disciplina proletaria y su desdén por los líderes obreristas estaban bien probados. Pero, a pesar de todo, era indiscutiblemente un obrero, un proletario ciento por ciento; ni un "cuchillo para los trabajadores" ni un "lacayo de la burguesía". ¿Tendrían derecho a condenarle quienes en nombre del proletariado hacían la revolución y administraban la justicia revolucionaria?

Todos, en el fondo de su conciencia, sabían que no.

Le condenaron, sin embargo. ¿Por qué? Por lo mismo que condenaba antes la burguesía: por miedo. Miedo a la libertad. El miedo odioso del sectario al hombre libre e independiente. ¡Fue una lástima! El día en que el consejo obrero expulsó del taller al obrero tornero Daniel, se perdió la causa del pueblo. Los cañones del ejército sublevado martilleaban inútilmente las trincheras de Madrid; los aviones italianos y alemanes asesinaban en vano mujeres y niños. Pero la causa del pueblo se había perdido por este sencillo hecho. Porque el consejo obrero de una fábrica había tomado el acuerdo de expulsar a un obrero por el delito de haber defendido su libertad.

Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España.

1 jun 2012

La última felicitación

Aunque ripioso, improviso,
¡Tres meses enfermo en casa!
(Grijalba 10, junto al Viso)
aquí reposo, repaso,
me examino y me confieso.
Nada espero de la U.S.A.
ni creo en la esencia rusa.

Los que pisaron la rosa,
prohibieron la sonrisa
y asustaron a mi musa.
De la catástrofe esa
ninguno ha quedado ileso.

El arte es turbio y espeso.
La comida muy escasa.
La cultura muy Espasa.

Sin sonrisa, musa y rosa.
Hay que apresurar el paso,
inscribirse en El Ocaso
y morirse y a otra cosa.

Paco Vighi (Palencia 1890 - 1962)

12 may 2012

Puentedeume (tarde)

En este pequeño puerto
hay una sombra antigua
y dos lanchones podridos.
Hay un agua verde y negra
que cubre en parte
los peldaños de granito
donde estoy sentado.

Es pleamar...
La lucha del mar y el río
ha cesado.
La tarde, el río, el mar, el pueblo,
todo esto en esta hora
se funde lentamente, sin ruidos.

Una pequeña lancha,
blanca como un pie desnudo,
camina hacia el mar abierto.
La hora, la tarde, el cielo
suavemente la empujan.
Ella no sabe que es
un acontecimiento.

Pues todo, todo,
parece estar pendiente de su huida:
este oro en reposo,
este sueño de la tarde
la contemplan dichosos.

Camina, camina
sobre bruñida plata.
(¿Quién puede pensar ahora
que los verdes náufragos
la contemplan desde el fondo?).
Allá en la lejanía te esperan
una apoteosis de nácares,
de amarillos,
de azules...
Allí, donde Dios parece
tener su trono.
Luis Pimentel