Benito Pérez Galdós, Halma
Un rincón de la Casa de las Palabras
Un rincón de la Casa de las Palabras
17 abr 2013
(Organización desorganizada)
27 mar 2013
Variaciones sobre un 10% de descuento
II
Si Vd. no hace regalos le asesinarán
vea las películas de Losey y convénzase
o regala o muere
y no recurra a la pitillera de oro
o a la mortaja de organdí
oh no,
tampoco recurra a los incómodos plazos
regale o muera
le pagarán con sonrisas y aplazarán su muerte
los relojes del drugstore alargarán su vida
podrá Vd. regalar
el vientre de Johnson o el vuelo de supermán
collares rescatados de naufragios
muñecos ambiguos como la moralidad
calcetines de Lolita y bolsos de reencuentro
todos dirán que Vd. ha pactado
ha pactado con el diablo de las caravanas
las caravanas vienen a beber al drugstore
y los noctámbulos han raptado a la cover-girl
Vd. comprará en el drugstore
donde es posible helar planetas y silencio
nunca se interrumpe pese al estrépito
del largo pasillo por donde circula Aladino
compre, regale, sobreviva
y además le harán un 10% de descuento.
III
No dé la cara al peligro
huya antes de que llegue
escápese
no caiga en el túnel del tiempo
no mendigue sonrisas de su mejor enemigo
escápese
escápese y compre
no compre en incómodos plazos
compre objetos que sonrían
un cartel, una muñeca, un reloj
un bolso, un pañuelo
un collar, un libro, un disco
un vestido, unos calcetines
y no pregunte
el nombre de todos los productos
ni su número
es infinito
y ambiguo como su procedencia
no pregunte por su procedencia
es un secreto de mundos prohibidos
James Bond no permite revelarlo
y Vd. está en peligro
huya antes de que sea demasiado tarde
tampoco se fíe de su peor amigo
escápese y compre en el drugstore
le haremos, por éstas, un 10% de descuento.
Si Vd. no hace regalos le asesinarán
vea las películas de Losey y convénzase
o regala o muere
y no recurra a la pitillera de oro
o a la mortaja de organdí
oh no,
tampoco recurra a los incómodos plazos
regale o muera
le pagarán con sonrisas y aplazarán su muerte
los relojes del drugstore alargarán su vida
podrá Vd. regalar
el vientre de Johnson o el vuelo de supermán
collares rescatados de naufragios
muñecos ambiguos como la moralidad
calcetines de Lolita y bolsos de reencuentro
todos dirán que Vd. ha pactado
ha pactado con el diablo de las caravanas
las caravanas vienen a beber al drugstore
y los noctámbulos han raptado a la cover-girl
Vd. comprará en el drugstore
donde es posible helar planetas y silencio
nunca se interrumpe pese al estrépito
del largo pasillo por donde circula Aladino
compre, regale, sobreviva
y además le harán un 10% de descuento.
III
No dé la cara al peligro
huya antes de que llegue
escápese
no caiga en el túnel del tiempo
no mendigue sonrisas de su mejor enemigo
escápese
escápese y compre
no compre en incómodos plazos
compre objetos que sonrían
un cartel, una muñeca, un reloj
un bolso, un pañuelo
un collar, un libro, un disco
un vestido, unos calcetines
y no pregunte
el nombre de todos los productos
ni su número
es infinito
y ambiguo como su procedencia
no pregunte por su procedencia
es un secreto de mundos prohibidos
James Bond no permite revelarlo
y Vd. está en peligro
huya antes de que sea demasiado tarde
tampoco se fíe de su peor amigo
escápese y compre en el drugstore
le haremos, por éstas, un 10% de descuento.
Manuel Vázquez Montalbán
9 mar 2013
Morirse un poco
Me preguntó qué significaba para mí escribir, y yo tomé un trago de cerveza y luego me metí el cigarro a la boca y aspiré profundo y, soltando todo el humo con mis palabras, le contesté que escribir es morirse un poco.
Eso, más o menos.
Desde su banquito de madera, mi amiga seguía tomando fotos de las personas que entraban y salían del cementerio público, de los coloridos nichos, del señor que vendía tiras de mango verde y del señor que vendía naranja agria con sal y pepitoria y del señor que vendía lápidas.
Ya dijo ella sin ningún interés.
No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía nombre. El aire apestaba a perro mojado.
¿Otra cerveza?
Como quieras susurró ella detrás de su largo lente.
Poniéndome de pie, machaqué mi cigarro en un cenicero plateado. Entré al local. Me acerqué a la barra y, algo recio, debido al barullo futbolístico que hacía una pequeña televisión, le pedí a un muchacho dos cervezas más. Volví a salir y de inmediato me sorprendió descubrir a mi amiga hablando con un anciano de pelo blanco y piel tan pálida que parecía rosada. Llevaba puesto un traje negro, empolvado, varias tallas muy grande.
Este señor quiere que le tome una foto me dijo mi amiga.
Saludé al anciano. Pero él, aún de pie y con los brazos cruzados, me ignoró. Sólo observaba a mi amiga.
¿Qué dice, jovencita, me toma usted una foto?
Con mucho gusto.
Es que nunca me han tomado una foto, fíjese.
Claro.
Y entonces quiero que usted me tome una. Si es tan amable.
Salió el muchacho y nos dejó las botellas sobre la mesa de plástico.
Pues yo encantada le dijo mi amiga al anciano, ya enfocándolo a través de su lente . Y si usted quiere, me anota su dirección en un papelito y al rato le puedo mandar una copia.
Ay eso no dijo muy serio.
Mi amiga bajó la cámara.
¿Cómo así? ¿No quiere que le mande la foto?
No, jovencita musitó, sacudiendo la cabeza.
¿Está seguro?
El anciano seguía sacudiendo la cabeza.
No quiero ni verla dijo con énfasis.
Y entonces ¿para qué quiere que le tome una foto?
Hubo un silencio y yo aproveché ese silencio para beber un sorbo helado de cerveza y encender otro cigarro.
Pues usted, jovencita, hoy sólo me toma una foto y luego la cuelga en alguna pared de su casa.
El anciano estaba rascándose el pelo blanco con sus uñas largas y filudas.
Así después dijo desolado, su mirada opaca hacia el cielo , la gente sabrá que yo existí.
Desde su banquito de madera, mi amiga seguía tomando fotos de las personas que entraban y salían del cementerio público, de los coloridos nichos, del señor que vendía tiras de mango verde y del señor que vendía naranja agria con sal y pepitoria y del señor que vendía lápidas.
No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía nombre. El aire apestaba a perro mojado.
Poniéndome de pie, machaqué mi cigarro en un cenicero plateado. Entré al local. Me acerqué a la barra y, algo recio, debido al barullo futbolístico que hacía una pequeña televisión, le pedí a un muchacho dos cervezas más. Volví a salir y de inmediato me sorprendió descubrir a mi amiga hablando con un anciano de pelo blanco y piel tan pálida que parecía rosada. Llevaba puesto un traje negro, empolvado, varias tallas muy grande.
Saludé al anciano. Pero él, aún de pie y con los brazos cruzados, me ignoró. Sólo observaba a mi amiga.
Salió el muchacho y nos dejó las botellas sobre la mesa de plástico.
Mi amiga bajó la cámara.
El anciano seguía sacudiendo la cabeza.
Hubo un silencio y yo aproveché ese silencio para beber un sorbo helado de cerveza y encender otro cigarro.
El anciano estaba rascándose el pelo blanco con sus uñas largas y filudas.
Eduardo Halfon
25 feb 2013
La Banda del Ciempiés
La Banda del Ciempiés causaba estragos casi a diario. Una tarde, justo a la hora en que en una zona poblada de grandes tiendas se producía la salida de las empleadas, en un periquete se formó el espantoso muñeco que en rápidas ondulaciones, durante dos cuadras, se movía buscando víctimas; éstas eran por lo general las empleadas más jóvenes, que se veían aferradas por manos nerviosas que tironeaban de sus ropas y las arrancaban, dejándolas completamente en cueros en cuestión de segundos; los chillidos de las mujeres ensordecían los oídos en varias cuadras a la redonda y se imponían incluso al ruido de las matracas del Ciempiés. Entre los integrantes de la crapulosa banda había dos o tres que se dedicaban a sacar fotografías de las empleadas que habían sido despojadas de sus ropas; el flash de las cámaras relampagueaba continuamente, y luego esas fotos fueron enviadas a la prensa, la que, doloroso es decirlo, no se contuvo por razones humanas o morales y les dio amplia publicidad, para mayor escarnio de las humilladas mujeres. Como siempre, de pronto el muñeco se deshizo en una esquina; toda la operación no había llevado más de cinco minutos, pero tan intensos para quienes los sufrieron que parecieron cinco horas. Otro día, aunque no se pudo demostrar que el hecho tuviera directa relación con la Banda del Ciempiés, si bien casi todo el mundo estuvo de acuerdo en presumir su inspiración, a las cinco de la tarde, hora de gran circulación de tránsito en la ciudad, fueron robados simultáneamente de todos los cuartelillos de bomberos y de distintos hospitales una serie de vehículos, del tipo carro de bomberos y ambulancia, y todos confluyeron puntualmente en una de las más grandes y transitadas avenidas, haciendo sonar sus sirenas con los tonos más agudos y desesperados y desplazándose sin control a toda velocidad, atropellando todo lo que se pusiera en su camino, así se tratara de coches, ómnibus o inofensivos peatones; todo era aplastado, chocado, arrastrado, arrasado, en medio del ulular de las sirenas de esa infinidad de vehículos y del humo de los incendios de los coches y del griterío de todo el mundo. A lo largo de cuadras y cuadras fue quedando el tendal, tanto en las avenidas como en las aceras que la flanqueaban, pues los vehículos no se privaban de subir a las veredas cuando lo creían conveniente; así fueron aplastados cochecitos de bebé, ancianas con bolsas o carritos para compras, hombres con portafolios o lo que fuera. Los propios patrulleros policiales que concurrían a tratar de imponer el orden eran despiadadamente embestidos; no se veía ninguna forma de detener tan gigantesco y violento atentado. A alguien se le ocurrió informar al ejército y pedir la presencia de tanques y aviones, pero cuando este pedido de auxilio llegó a los oídos debidos, ya todo había cesado, los vehículos robados habían sido abandonados y sus conductores se habían dado a la fuga en otros coches que los esperaban en lugares sin duda previamente convenidos. Llevó varios días restablecer el orden en la avenida, limpiádola de cadáveres y de restos de vehículos destrozados, y mientras tanto la Banda del Ciempiés continuaba armando y desarmando su burdo muñeco en distintos puntos de la ciudad, impunemente.
Mario Levrero, La Banda del Ciempiés
1 feb 2013
Médium
Soy un hombre tranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo de soñar; no comprendo por qué se me figura que debo de soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...
Hay que estudiar dijo, a modo de conclusión, la
madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
¿Qué tienes? le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
Ha sido mi hermana.
¡Ah! Ella...
No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los
dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a
otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida...; llamaban..., nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.
Es mi hermana, mi hermana dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo de soñar; no comprendo por qué se me figura que debo de soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida...; llamaban..., nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.
Pío Baroja
26 dic 2012
De los signos que aparecerán antes del Juicio Final
Sennores, si quisiéredes attender un poquiello,
querríavos contar, en poco de ratiello,
un sermón que fue preso de un santo libriello,
que fizo sant Jherónimo, un precioso cabdiello.
Nuestro padre Jherónimo, pastor de nos e tienda,
leyendo en ebreo en essa su leyenda,
trovó cosas estrannas, de estranna facienda;
qui las oír quisiere, tenga que bien merienda.
Trovó el omne bueno, entre todo lo ál,
que ante del Judicio, del Judicio cabdal,
verrán muy grandes signos, un fiero temporal,
que se verá el mundo en pressura mortal.
Por esso lo escripso el varón acordado,
que se tema el pueblo que anda desviado,
mejore en constumnes, faga a Dios pagado,
que non sea de Christo estonz desemparado.
Esti será el uno de los signos dubdados:
subirá a las nubes el mar muchos estados,
más alto que las sierras e más que los collados,
tanto que en sequero fincarán los pescados.
Pero en su derecha será él muy quedado,
non podrá estenderse, será como elado,
como parés enfiesta o muro bien labrado,
quiquiere que lo vea será mal espantado.
(...)
querríavos contar, en poco de ratiello,
un sermón que fue preso de un santo libriello,
que fizo sant Jherónimo, un precioso cabdiello.
Nuestro padre Jherónimo, pastor de nos e tienda,
leyendo en ebreo en essa su leyenda,
trovó cosas estrannas, de estranna facienda;
qui las oír quisiere, tenga que bien merienda.
Trovó el omne bueno, entre todo lo ál,
que ante del Judicio, del Judicio cabdal,
verrán muy grandes signos, un fiero temporal,
que se verá el mundo en pressura mortal.
Por esso lo escripso el varón acordado,
que se tema el pueblo que anda desviado,
mejore en constumnes, faga a Dios pagado,
que non sea de Christo estonz desemparado.
Esti será el uno de los signos dubdados:
subirá a las nubes el mar muchos estados,
más alto que las sierras e más que los collados,
tanto que en sequero fincarán los pescados.
Pero en su derecha será él muy quedado,
non podrá estenderse, será como elado,
como parés enfiesta o muro bien labrado,
quiquiere que lo vea será mal espantado.
(...)
Gonzalo de Berceo
15 dic 2012
Llaneza
Se abre la verja del jardín
con la docilidad de la página
que una frecuente devoción interroga
y adentro las miradas
no precisan fijarse en los objetos
que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas
y ese dialecto de alusiones
que toda agrupación humana va urdiendo.
No necesito hablar ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes aquí me rodean,
bien saben mis congojas y mi flaqueza.
Eso es alcanzar lo más alto,
lo que tal vez nos dará el Cielo:
no admiraciones ni victorias
sino sencillamente ser admitidos
como parte de una Realidad innegable,
como las piedras y los árboles.
con la docilidad de la página
que una frecuente devoción interroga
y adentro las miradas
no precisan fijarse en los objetos
que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas
y ese dialecto de alusiones
que toda agrupación humana va urdiendo.
No necesito hablar ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes aquí me rodean,
bien saben mis congojas y mi flaqueza.
Eso es alcanzar lo más alto,
lo que tal vez nos dará el Cielo:
no admiraciones ni victorias
sino sencillamente ser admitidos
como parte de una Realidad innegable,
como las piedras y los árboles.
Jorge Luis Borges
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