Un rincón de la Casa de las Palabras

Un rincón de la Casa de las Palabras





23 abr 2011

Sabiduría popular

  Señor   replicó Sancho  , si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más, que mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.
  Por Dios, Sancho   dijo don Quijote  , que por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención; quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y vámonos a comer; que creo que ya estos señores nos aguardan.

Miguel de Cervantes, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, capítulo XLIII, "De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza"

11 abr 2011

Los gozos y las sombras

Jean Harlow estaba casada y se llevaba mal con su marido. Quería divorciarse. ¡La muy pécora! Era de esas que piensan que lo acabado, acabado, y ahí queda eso, como si no hubiera moral; y, luego, vuelta a empezar. Se puso inmediatamente de parte del marido, y le duró la parcialidad unos minutos: hasta que Jean Harlow entró en un salón de té muy recatado y se sentó junto a un hombre guapo y viril, que la trataba con respeto y amor. Doña Lucía, contra su voluntad, comenzó a explicarse que a Jean Harlow le apeteciese cambiar de hombre. No estaba bien, pero había sus razones... El sujeto era guapo, tenía un mirar romántico, y trataba a Jean Harlow con ternura. Doña Lucía se conmovió. «¡Ternura! ¡Eso lo desconocen los hombres españoles! ¡No piensan más que en la carne, y una agradece el cariño mucho más que el placer!» La pareja salió del salón de té y entró en un automóvil. Era de noche, y las calles de Nueva York rutilaban. Sobrevino un atasco, el coche se detuvo y, ¡zas!, el hombre cogió a Jean Harlow por la cintura y la besó en la boca. ¡Dios mío con qué delicadeza! Jean Harlow estaba desprevenida; doña Lucía, también. El beso le sacudió los nervios hasta la punta de los pies y, de repente, se sintió invadida y arrebatada, sintió como si el cuerpo de Jean Harlow, todavía abrazada, todavía estremecida, se saliese de la pantalla y envolviese el suyo, lo asumiese y lo llevase consigo, incorporado al beso, al abrazo y a la ternura del galán. A partir de este momento, doña Lucía vivió dentro del cuerpo de Jean Harlow y, poco a poco, fue sintiéndolo suyo, gozosamente ensanchada, como si el cuerpo nuevo fuese un molde que hubiese de llenar, hasta que las caderas, los pechos, los brazos y las piernas coincidiesen, hasta que los dos cuerpos, rotas las exclusas misteriosas de su ser, fuesen regados por la misma sangre y los animase la misma salud. Se recogió en sí misma y asistió a su propia transformación, a su propio arrebato. No estaba allí, convoyada por su marido y por el amigo de su marido, sino hecha luz en la pantalla. Sus ojos abiertos sorbían las imágenes que, en su interior, se trasmudaban en vida propia y la hacían reír, llorar, gemir o desvanecerse de dicha. Se olvidó de sí misma.

(Gonzalo Torrente Ballester. Los gozos y las sombras II. Donde da la vuelta el aire)

3 abr 2011

Felices las ciudades que conservan
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: “Dios no existe
y, si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo”.
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
“La culpa del dolor es sólo nuestro".

Julio Martínez Mesanza

25 mar 2011

La buena conciencia

En el centro de la Selva existió hace mucho una extravagante familia de plantas carnívoras que, con el paso del tiempo, llegaron a adquirir conciencia de su extraña costumbre, principalmente por las constantes murmuraciones que el buen Céfiro les traía de todos los rumbos de la ciudad. Sensibles a la crítica, poco a poco fueron cobrando repugnancia a la carne, hasta que llegó el momento en que no sólo la repudiaron en el sentido figurado, o sea el sexual, sino que por último se negaron a comerla, asqueadas a tal grado que su simple vista les producía náuseas. Entonces decidieron volverse vegetarianas.
A partir de ese día se comen únicamente unas a otras y viven tranquilas olvidadas de su infame pasado.
Augusto Monterroso

18 mar 2011

Tanto monta

Te dirán
que vales
lo que eres
y no lo que tienes.
Y tendrán
razón:
sin dinero
es cuando vales
exactamente
lo que eres:
nada.
Roger Wolfe
(que, a pesar de su nombre, escribe en castellano y vive en España desde hace muchos años.)

11 mar 2011

Metaliteraria

LAS PALABRAS DE CRISTO. Todo artista trata de despertar a Lázaro y pronuncia ante la boca de la muerte esas palabras que conjuran la muerte: "Lázaro, ven fuera". Y todo artista lo que resucita es un cuerpo medio sonámbulo, decaído, pobre carne entumecida de fatiga y estupor.
José Mateos

3 mar 2011

Primeras letras

De los topos, aprendimos a hacer túneles.
De los castores, aprendimos a hacer diques.
De los pájaros, aprendimos a hacer casas.
De las arañas, aprendimos a tejer.
Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda.
Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave.
Del viento, aprendimos la vela.
¿Quién nos habrá enseñado las malas mañas? ¿De quién
aprendimos a atormentar al prójimo y a humillar al mundo?

Eduardo Galeano